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Prólogo 1: tsunami

Tanabe, Japón — 27 de enero, año 1700 d. C. Período Edo.

¡Waaah! ¡Waaah!

En una casa humilde de la pequeña ciudad-castillo de Tanabe, el llanto de un recién nacido acababa de romper el silencio de ocho horas de parto, y lo rompió con la indignación característica del que descubre el aire por primera vez y no lo perdona. La sanba —la matrona japonesa, mujer entrada en años y curtida en el oficio tras haber traído al mundo a media prefectura— sostenía al niño envuelto en un paño de algodón blanco, todavía manchado de sangre, y movía la cabeza con una mezcla de cansancio y alegría que a quien la hubiera visto sin conocerla le habría parecido desordenada, pero que en ella, después de veinticinco años de partos buenos y malos, era simplemente la manera rutinaria de recibir la vida. Desde el futón, la madre, con el cabello negro pegado a la frente por el sudor y los labios agrietados por el esfuerzo, sonrió apenas como sonríe quien ya no tiene fuerzas ni para cerrar del todo los párpados. Durante años, Otsuru había anhelado concederle a su marido un varón; durante años, había dicho para sí misma que no descansaría hasta haberle dado al clan Nakata el heredero que esperaban. Ahora lo tenía delante, envuelto en el paño de la sanba, y podía morirse tranquila; aunque esa, por supuesto, no era la intención.

—¡Es un niño! —anunció la sanba, con esa voz ronca de tres horas de dar órdenes, alzando al recién nacido ligeramente para que la madre pudiera verlo desde el futón—. ¡Un varón, señora, un varón completo y con mucho pelo!

—Qué alegría se va a llevar Seijuro… —susurró Otsuru, con el último hilo de voz que le quedaba, las palabras apenas audibles incluso para la matrona que estaba a dos pasos.

Y después del susurro, como si hubiera entregado con esa frase la última moneda de su bolsa, cerró los ojos y se dejó vencer por el desmayo. Nadie, en aquel instante, se percató. La sanba estaba atenta al bebé. El bebé, al aire nuevo. Y Seijuro Nakata, que llevaba dos horas esperando en el pasillo con las manos agarrotadas de apretar los puños, cruzó corriendo el fusuma en cuanto escuchó el llanto, tan rápido que a la sanba casi le arrancó al niño de los brazos con la manga del haori.

—¡Es un niño, es un niño! —le repitió ella, con la alegría genuina de quien cobra por un parto bueno pero no se cobra el cariño—. ¡Un varón sano, señor, un varón entero!

—¡Déjame verlo ahora mismo!

Seijuro tomó al bebé de los brazos de la sanba con una delicadeza casi cómica para un hombre de su tamaño —metro ochenta y tantos, espaldas de estibador, manos que en el ejército habían partido cuellos más delgados que aquella cintura diminuta— y se quedó largos segundos en silencio, mirándolo, la boca cerrada, la mandíbula apretada, los ojos fijos en la cara del niño como si aquella cara fuera un mapa que solo él pudiera leer. La sanba se sobresaltó un poco con el silencio, porque en su experiencia los padres, al tomar por primera vez a sus hijos, o lloraban, o reían, o decían alguna tontería; casi nunca se quedaban callados con aquella intensidad, que era menos la intensidad de un padre que la de un comandante que pasa revista. Pero el señor Seijuro, se dijo ella para sus adentros, era así; un poco raro, un poco militar, un poco de otra parte, aunque nunca le había faltado al respeto a ninguna sirvienta y pagaba siempre por adelantado. Y justo cuando la matrona ya estaba pensando en romper el silencio ella misma con cualquier excusa, el señor habló.

—Seijuro Nakata.

Lo dijo así, como quien lee un nombre grabado en una espada, con la voz seca, pausada, y un leve movimiento de cabeza para rematarlo. Nada más. Como si con tres palabras se zanjara un asunto que había estado abierto nueve meses.

—¿Eh? ¿Qué significa eso, señor? —preguntó la sanba, mirándolo con esa confusión respetuosa de quien no quiere parecer ignorante ante un oficial, pero tampoco entiende de qué le están hablando.

—Ese será el nombre del niño —respondió Seijuro sin apartar la vista del bebé, con la misma voz sosegada—. Seijuro Nakata.

—Pero ese es su nombre también, señor…

—Así se llamará. Como su padre. —Por primera vez en la noche, a Seijuro le tembló un músculo del pómulo, y ese temblor brevísimo, ese relámpago de emoción escondido bajo una superficie serena, fue más elocuente que cualquier sonrisa—. Porque este niño será mi heredero, el heredero del clan Nakata, e incluso me superará, estoy seguro… —Acarició la mejilla del recién nacido con el dorso del índice, una vez, y añadió a media voz, hablándole ya directamente al niño y no a la sanba, con el tono burlón que los padres militares usan para esconder la ternura—: aunque no te lo pondré nada fácil, ¿eh, hijo mío? No te lo pondré nada fácil.

Rio. Una risa breve, seca, de quince años de no reír así, henchido de un orgullo que ni en el ascenso a oficial había sentido igual.

Se giró hacia el futón.

—¿Qué dices, Otsuru? —preguntó, en un tono completamente distinto, el tono íntimo de quien se dirige a la compañera de cuatro años de matrimonio, la voz bajada, tibia, casi sonriente—. ¿Te gusta que se llame como yo, o vas a decirme ahora, tú que siempre te callabas tus opiniones, que no te gusta nada?

El silencio fue su única respuesta.

La sanba frunció el ceño. Por primera vez en varios minutos, apartó la vista del bebé y observó a la madre. Se le fue el color de la cara.

—¡Mierda, se ha desmayado!

—¿Qué ocurre? —preguntó Seijuro, con la voz cambiada de golpe, la voz de combate, la que usaba en las guarniciones cuando había que decidir algo en dos segundos—. ¡Maldita sea, contesta ya!

La sanba, que ya se había arrodillado junto al futón, le puso el dorso de la mano en la frente a Otsuru. Apretó los labios. Le examinó el pulso en la muñeca. Miró por debajo de la tela que cubría la parte baja del cuerpo de la madre, la levantó un instante y la dejó caer con una rapidez que no quería ser elocuente pero lo era.

—Ha perdido demasiada sangre, señor —dijo, sin levantar la vista—. Demasiada. Y tiene fiebre. Mucha fiebre. Está ardiendo.

—¡Llama a un médico, ya!

Seijuro dejó al bebé en la cuna improvisada que habían preparado al lado del futón y se dispuso a salir corriendo con la misma eficiencia mecánica de quien ejecuta una orden militar en lugar de una voluntad propia. Había dado tres pasos hacia la puerta cuando esta se abrió desde el otro lado.

Era su padre.

Jirōbei Nakata, alto oficial del ejército, hombre al que cuarenta años de servicio habían enseñado a no presentarse nunca en ningún lugar con los pliegues del haori mal puestos, apareció en el umbral con el cuello suelto, las sandalias manchadas de barro rojo y una respiración que delataba una carrera larga. Seijuro leyó todo aquello en el medio segundo que tardó su padre en abrir la boca, y lo leyó con una inquietud creciente que desde luego no menguó cuando el anciano habló.

—Padre, llegas en el momento justo —empezó Seijuro, atropelladamente, hablando tan rápido como se lo permitía la lengua, decidido a colocar en la menor cantidad de palabras posibles todo lo que el recién llegado debía saber—: el niño ha nacido sano y es un varón, pero Otsuru está inconsciente, la sanba dice que ha perdido demasiada sangre y tiene mucha fiebre, necesitamos un médico cuanto antes. Quédate tú con el bebé y ayuda a la sanba mientras yo busco…

El padre levantó la mano derecha para cortarlo. Lo hizo con la misma autoridad impersonal con la que en su época había parado por el cuello a regimientos enteros, y lo miró con la tristeza de quien está a punto de decir algo que preferiría no decir. Resopló. Dejó pasar un segundo. Otro. Luego pronunció, con la cadencia exacta con que en el ejército se daban las malas noticias, una sola palabra.

—Tsunami.

Lo dijo cortante, sin añadir nada más, como si esperara que su hijo entendiera la situación con esas tres sílabas; y su hijo, en efecto, la entendió. Seijuro sintió cómo el estómago se le encogía hasta el tamaño de un puño infantil.

—¿Eh? —balbuceó, con esa voz incrédula con la que se preguntan las cosas sabiendo ya la respuesta, con la esperanza absurda de que, por algún azar benévolo, la respuesta sea diferente a la que uno ya conoce—. ¿Cómo que tsunami, padre?

—Vengo de la costa. —Jirōbei hablaba ahora con la frialdad operativa del viejo militar, las frases cortas, los datos precisos, el rostro completamente compuesto a pesar del haori desordenado—. El mar ha retrocedido casi dos chō en menos de un cuarto de hora. Los marineros están fuera de sí, el fondo está al aire, los guardias ya han empezado a evacuar la ciudad, yo he venido derecho hasta aquí en cuanto lo he sabido. Hay que marcharse. Ahora. No dentro de una hora. Ahora.

El silencio que siguió fue más devastador que la propia noticia. Padre e hijo se miraron el tiempo exacto para que los dos a la vez entendieran dos cosas: que la tierra no había temblado antes, y que, sin embargo, el mar venía. Y Seijuro, que había visto demasiado en los bosques del norte para asustarse de lo conocido, sintió el miedo limpio y frío de lo inexplicable clavarse en su pecho como un nageyari bien lanzado. Pero no dejó que las emociones se apoderaran de él en un momento tan crucial y cerró los ojos un instante. Le bastó ese instante. A un oficial entrenado le bastan los instantes.

No tenemos tiempo, pensó.

Abrió los ojos.

—Padre, escucha. —Y la voz le salió ya recompuesta, con la serenidad característica que en la casa Nakata se heredaba como se heredan las espadas, pues Seijuro hablaba igual que su padre y su padre igual que el suyo—. Toma al recién nacido y llévalo a la base de Osaka. Allí tenemos amigos, militares de nuestra confianza, hombres que responderán por ti y por él sin dudar. Esta ciudad quedará arrasada. Yo cargaré con Otsuru y saldré ahora mismo a buscar un médico. Nos reuniremos en unos días con los militares de Osaka; quizá tengamos que quedarnos allí un tiempo, pero lo importante es salir de Tanabe hoy.

Jirōbei asintió con solemnidad. No discutió el plan: en cuarenta años de servicio había aprendido a reconocer las órdenes buenas aunque las diera su propio hijo, y aquella lo era.

—Os esperaré en Osaka.

No hubo más palabras. Tomó al recién nacido en brazos con la eficiencia seca de un abuelo que había cuidado de suficientes niños ajenos en suficientes retiradas, y con voz firme ordenó a las sirvientas y a la sanba que abandonaran la casa de inmediato y se unieran a la evacuación. Poco después, Jirōbei partía hacia el norte en un carro que se alejaba entre el caos, el bebé contra el pecho, el rumor del mar creciendo a su espalda. Ni él ni Seijuro sabían que aquella sería la última vez que los tres se veían juntos en aquella casa, ni que el nombre que el padre había entregado al hijo en el último minuto iba a recorrer veinte años antes de volver, intacto, a la boca de alguien que lo pronunciaría por primera vez con ira.


Calles de Tanabe

Seijuro cargó a su esposa sobre el pecho, la envolvió en la colcha gruesa de seda del cuarto y salió a la calle.

—¡Un médico, por favor! —gritó con la voz bien proyectada, la voz de mando que en los cuarteles hacía callar a cien hombres de golpe—. ¡Mi mujer está inconsciente, ha perdido mucha sangre! ¡Un médico!

Pero sus gritos se perdían en la marea humana que huía hacia el interior, porque la avenida entera se había convertido en un río de cuerpos que subían hacia el noreste buscando la montaña, y en aquel río cada uno llevaba su propia urgencia anudada a la garganta. Nadie se detenía. No por crueldad, se dijo Seijuro con rabia contenida, sino por puro instinto de supervivencia; y en los desastres, pensó, la indiferencia ajena no es una elección moral sino un síntoma de la propia prisa. Un comerciante le pasó por delante casi rozándole la cara con el hombro. Una anciana lo empujó sin mirarlo. Un samurái joven, cargando a un niño que no parecía el suyo, le gritó que se apartara del medio. El suelo temblaba levemente bajo los pies de todos, no con el temblor nervioso de un terremoto, sino con la vibración honda y continua de algo muy grande que se acercaba muy rápido. Al ver que la avenida no le daría ningún médico en los próximos minutos, y que cada minuto ahora era un minuto que a Otsuru no le sobraba, decidió cambiar de estrategia. Corrió hacia las montañas del este, junto a la mayor parte de los ciudadanos que huían; pero al poco, con el cuerpo inerte de su esposa pesándole cada vez menos contra el pecho —una sensación que él apartaba de la cabeza sin siquiera dejarla florecer—, se desvió por una ruta más empinada y peligrosa que la convencional, un sendero de cabreros que los niños usaban para bajar a las pozas a pescar pulpo, porque así evitaría a la multitud y no se vería ralentizado. Su entrenamiento militar desde la infancia le permitía avanzar con rapidez y firmeza, incluso cargando el peso inerte de su esposa; su fuerza física, su velocidad y sus reflejos superaban ampliamente los de cualquier vecino de Tanabe. A mayor altura, mayor esperanza, se repitió para sí mismo, como quien se repite una oración antigua en voz baja.

—Aguanta, maldita sea, aguanta por lo que más quieras, aguanta —le rogaba a su inconsciente esposa mientras corría, hablándole con esa voz baja y continua con la que se habla a los caballos heridos para que no se dejen caer—. Aguanta, Otsuru, aguanta. Hay un médico en algún sitio. En todas partes hay médicos. Aguanta.

La culpa lo devoraba.

¿No vas a morirte sin ver a tu hijo crecer, verdad?, pensó, y se maldijo por haberlo pensado siquiera.

Se lamentaba Seijuro, subiendo entre los cedros, de no ser más rápido, de no ser más fuerte; por primera vez en su vida se sentía impotente, y la impotencia, para un Nakata, era una forma desconocida de dolor. ¿Había sido un mal marido? Siempre ausente por culpa del ejército, siempre campaña arriba y campaña abajo, siempre prometiendo una estación tranquila que luego algún akuryō o alguna revuelta lejana le robaba sin pedirle permiso. Nunca había podido dedicarle a Otsuru el tiempo que ella se merecía; y ahora, viéndola tan cerca de la muerte, la cabeza del oficial era invadida por pensamientos que, él mismo lo sabía, no le servían de nada y no la iban a salvar.

Al cabo de un trecho, con el aliento ya más corto y la convicción creciente de que subir sin médico no era más rápido que subir con médico, decidió volver al camino principal y probar una vez más entre la gente. Quizá, con suerte, alguien entre todos aquellos que huían sería médico o habría visto a uno.

—¿Hay algún médico aquí? —gritó al entrar otra vez en la corriente humana, con la voz bien proyectada, pasando la mirada de cara en cara.

Silencio.

Seijuro maldijo su suerte. Nadie contestó, y esta vez se había asegurado de que lo escucharan. Decidió que ya no le sacaría nada a la avenida y giró para volver al atajo y seguir subiendo por su cuenta. Fue justo entonces, en el instante en que ya daba el primer paso fuera de la corriente, cuando una voz se alzó entre la multitud.

—¡Yo soy médico! —gritó alguien, y un brazo se elevó sobre las cabezas para que Seijuro pudiera localizarlo—. ¡Aquí! ¡Señor, aquí, yo soy médico! Seijuro se giró como si se le hubiera aparecido un ángel.

—¿De verdad lo eres? —preguntó, con una mezcla de esperanza y suspicacia, porque en la huida la gente miente con la misma facilidad con la que cae la hojarasca—. Mi esposa… tiene fiebre y ha perdido mucha sangre.

El médico se acercó rápidamente, haciéndose hueco entre la multitud a codazos discretos, y sin siquiera presentarse apartó la tela que cubría la cara de Otsuru y empezó a examinarla con la economía de movimientos de quien lo ha hecho centenares de veces. Le tocó la frente. Le tomó el pulso en el cuello. Le levantó un párpado con el pulgar. Todo eso sin hablar, con el ceño cada vez más tenso. Cuando por fin habló, lo hizo con una voz severa, seca, que a Seijuro le sentó como una bofetada inesperada.

—Tiene demasiada fiebre. Está muy grave. ¿Cómo has permitido que llegue a este estado?

La acusación no ayudó a que Seijuro no se sintiera culpable; al contrario, le encajó justo en la grieta que le había estado abriendo la culpa durante todo el sendero. Y quizá por eso, porque le dolió exactamente donde ya le dolía, reaccionó con más fuerza de la que habría reaccionado con otra pregunta.

—¡Ha sido un parto, maldita sea! —rugió Seijuro, y levantó un poco la colcha para que el médico pudiera ver la parte inferior del cuerpo de su esposa, empapada de sangre fresca y seca mezcladas—. ¡¿Es que no ves la sangre?! ¡Ha parido hace una hora, acaba de traer al mundo a mi hijo, y tú me preguntas cómo he permitido que llegue a este estado!

El médico bajó la mirada. En el oficio del viejo rural, como en el del viejo soldado, se aprendía pronto a reconocer cuándo uno se había equivocado de tono, y aquel médico, sin ser viejo, llevaba los años suficientes como para saber que acababa de hacerlo.

—Perdona, señor —dijo, y el adjetivo «señor» que puso delante fue una forma discreta de inclinarse sin inclinarse—. No era mi intención juzgarte. Perdona.

Seijuro apretó los dientes y no contestó. El médico volvió al cuerpo de Otsuru, le palpó el vientre bajo por encima del kimono con dos dedos profesionales y, al cabo de unos segundos, alzó la cabeza con una decisión tomada.

—Así que un parto que ha salido mal —murmuró, más para sí mismo que para el marido—. Bien. Señor, escúchame con atención, porque aquí en medio de la huida no puedo hacer nada por tu esposa; sin agua hervida, sin paños limpios y sin manos que me asistan, la perderíamos en menos de una hora. Mi casa está subiendo el sendero hacia las montañas, no muy lejos, un trecho corto para alguien que corra como imagino que corres tú. Ni siquiera soy de Tanabe, yo solo bajo a la ciudad de vez en cuando para ayudar. Mi esposa está allí y ella sabrá qué hacer mientras yo llego; es una mujer de recursos, ha visto más partos que yo en estos años. Tú adelántate, yo voy detrás en cuanto reúna a los míos. Al llegar, le dices que te manda su marido y ella te abrirá la puerta a la primera. Le detendrá la hemorragia si aún puede detenerse. Y yo llegaré antes de que caiga la noche.

El médico le dio indicaciones precisas del camino, del desvío y del torii que servía de referencia; Seijuro escuchó todo sin interrumpir, memorizando cada giro con la misma atención con la que en la escuela militar había memorizado órdenes de marcha. En cuanto el viejo terminó, inclinó la cabeza en un gesto mínimo de agradecimiento y volvió a desviarse del camino principal, esta vez por un atajo que, a su juicio experto, acortaría un tercio el trayecto.

Corrió.


Sendero entre los cedros

Corría más rápido que nunca.

A ese ritmo llegaría en cuestión de minutos. Ya imaginaba a Otsuru recuperándose entre los brazos de aquella partera de la montaña, despierta al cabo de unas horas, débil pero viva; se imaginaba a sí mismo llegando a Osaka días después con su esposa convaleciente en un carro y a su hijo recién nacido esperándolos en brazos de su abuelo. Se imaginaba al niño creciendo con ambos padres y no con la sombra de una madre muerta en el parto.

—Ya casi estamos… —susurró, apretando el cuerpo febril de Otsuru contra el pecho—. Ya casi estamos, Otsuru, aguanta un poco más.

Pero, de repente, a mitad de camino, entre los cedros japoneses por los que Seijuro pasaba a toda velocidad, vislumbró una silueta humana recortada contra la luz cobriza del atardecer.

Se detuvo en seco.

Su subconsciente le avisó de algo que su consciente aún no había avistado.

El rostro de la figura comenzó a revelarse entre las sombras.

Seijuro sintió cómo la sangre se le helaba.

No.

No podía ser.

Sus dedos se tensaron alrededor del cuerpo de Otsuru.

—Esto no puede estar pasando ahora… —susurró, apretando el cuerpo febril de Otsuru contra su pecho—. No mientras mi mujer se muere en mis brazos.

La figura avanzó un par de pasos, salió de la sombra del último cedro y se detuvo a pocos metros. Era una silueta menuda, casi de adolescente; el cabello rubio que se asoma por debajo de su sombrero, un traje militar oscuro impropio de cualquier mujer japonesa, dos cadenas de acero colgándole de los brazos como una prolongación natural de los huesos. Una leve sonrisa curvó sus labios.

—¿No te alegras de verme, Seijuro?

Seijuro no respondió. No podía. Porque si aquella persona estaba allí, en el bosque, justo en ese sendero, justo en ese minuto, entonces el tsunami era el menor de los problemas.

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